intrigado por aquel delicioso licor café que nos trajeron de Galicia
hace unos meses, conocedor desde fuera de alguna de las
idiosincrasias de esas tierras (gracias,
Vendell,
MPawley, etc...)
decidí sumergirme estos días un poco en la tierra real y en sus
costumbres, sin mediar weblogs de por medio
así que ElPez me llevó a unas tierras que en otoño son quizá más
bellas que en otra época, aunque como era la primera vez que
por ahí andaba, tampoco puedo confirmarlo, junto al Rio Minho,
entre Arbo y Melgaço, unos días nublados, lluviosos, llenos de
viento y cambios de luz y colores
en valles abruptos pero llenos de vegetación, así que uno está
como emparedado en verdes
tierra de vinos que hemos degustado, especialmente unos vinos
verdes (tanto tintos como blancos) que en el Albergue O Coto
preparaban en plan casero, ácidos, recios, a veces rasposos
y sin embargo, terriblemente adictivos (esto es lo que me decía ElPez,
que no paraba de servirse vasos, porque personalmente los peluches
lo tenemos más difícil para eso de la dipsomanía)
pero no sólo fueron los vinos, sino un eterno y aparentemente
inacabable cocido gallego del que, por aquello que los comensales
no paraban de comer, no quedó constancia gráfica (iba a poner
una foto de los platos vacíos, pero no era cosa...)
comer y comer, y todo buenísimo porque no paraban, lo justo un
poco antes de anochecer para escaparse a Melgaço a limpiar
el cuerpo con unos baños cálidos, saunas, hidromasaje y no sé
qué mas (no me dejaron entrar, nos tienen vetada la cosa a los
que no llevamos bañador ni gorro por principios)
por cierto, que resultó que ese lado del Minho era Portugal, un
sitio donde hablan algo parecido a la otra orilla, aunque resulta
que es una hora menos
pero luego llegó lo de la magostada, que me encantó:
sobre todo por poderme poner cerca del fuego, que alimentado
por pinocha (por aquí le llaman pingudi, pero allí le llamaban de
otra forma, como suele pasar: son las hojas secas de los pinos)
dio cuenta de las castañas -previamente rajaditas levemente
para evitar que salten en plan proyectil indiscriminado made in USA
había un olor especial, pero sobre todo era una danza del fuego
que la cámara no puede ni atreverse a captar
mientras las castañas se iban asando al calor de ese fuego. Luego
las separaban del fuego y uno las agarraba como podía (quemaban
bastante...)
luego, se pelaban, y ¡adentro!, riquísimas, especialmente ese
calor suave en la noche que era fría...
...excusa que aprovecharon para quemar también un brebaje
a base de orujo, con limones, azúcar y otras gaitas, de nuevo
el fuego llenando la noche
pero esta vez azul
como éramos de fuera, tuvieron el detalles de hacer lectura de un
conxuro bastante patético hablando de males imaginarios que deben
alejarse por la fuerza del encuentro humano con esa queimada...
...personalmente habría preferido un conxuro para alejar los
males reales de esos santos lugares (sí, ElPez me ha hablado
de Fraga Iribarne y gentes de esas)
por cierto, que aunque no se ve en la foto (puso el otro lado),
ElPez también sufrió el ser tiznado con una castaña recién
sacada de la hoguera, que decían que daba buena suerte.
en fin, que para dos días no podía haberme sumergido de mejor
forma en eso de la etnogastronomía. Me dice ElPez que
dentro de dos semanas volveremos por esas tierras,
a ver qué me preparan entonces...