y es que no puedo, y lo cierto es que aún me sigue sorprendiendo
casi todo lo que me encuentro del mundo de los humanos. Las más de las
veces, para mal, que bueno es recordarlo. Otras, porque me hacen sonreir,
cosa nada fácil para un peluche.
acabo de llegar de un viaje por las Francias, que ya iré contando, posiblemente
entre medias de otros viajes y quisicosas que tengo pendientes, pero con la
cosa de deshacer la maleta y poner todo a lavar aprovecho un momento para
dejar algunas de las instantáneas de estos días
en Bretaña están obsesionados con los chichis y los churros. Premio para
el que adivine a qué sabe un chichi (seguro que lo del churro ya lo han probado,
pilluelos...)
el otro día en una librería me encontré con el tocho definitivo sobre el
Código da Vinci (por cierto, deberían retirar la
Gioconda del Louvre,
que sólo ocasiona mogollones y disgustos... se haría más tranquila la
visita, incluso en pleno ataque de Agosto lluvioso
un tanto indignado con la invasión de plátanos procedentes de
la Martinica en toda Francia, me encontré con el colmo: la banana
orgánica. Tengo que preguntarle al
Paleofreak cómo son las bananas
minerales... o si son del género
Musa también...
aunque lo más enternecedor fue encontrarme esta señal de peligro:
además, decía que no se podía adelantar (cosa que las borregas,
sin duda, agradecerían). Esto era justo en el istmo artificial que llega
hasta Mont St. Michel
allí pudimos comprobar el efecto de las mareas tras el plenilunio,
pero también otras conductas humanas bastante curiosas, de las
que prometo hablar
la noche llegó con una marea preciosa, que devolvía a la isla
su carácter insular, por así decirlo. Eso sí, las bananas seguían
siendo orgánicas, el código Gay, y los chichis bretones... ¡ay,
qué ricos!