el verano había llegado antes de su cita astronómica,
así que llevábamos unos días de grandes calores
(no es fácil ser un oso de peluche en una Pamplona que
se pone a 36 grados)
y entonces la atmósfera decidió recoger toda esa energía,
toda esa humedad que subía desde los campos todavía tan
verdes, y crear aparatosos edificios de vapor